¿Qué celebra México...?

 

Celebrar el Bicentenario de la Gesta de Independencia en México,  la cual fuera consumada en 1821, no es más que una quimera; un ilusión utópico en tanto que sus habitante padecemos hoy día la misma esclavitud y explotación de entonces; somos rehenes de unos cuantos quienes, con el transitar de estas dos centurias,  tienen secuestrado a este noble país, los del monopolio de nuestro destino.

A la vuelta de 200 años  de Independencia, que pomposamente se conmemoran a este 15 y 16 de septiembre de 2010, el yugo prevalece, ese  por  el cual se derramó sangre y costó muertes en pro de libertad. En nada honran a nuestros héroes patrios.

México y los mexicanos somos presa de la misma opresión y  dominación de entonces; sólo que con otros personajes, entornos y matices. En los hechos nada ha cambiado.

Los mexicanos no podemos preciarnos, en lo más mínimo de integrar a un país libre y soberano, en tanto que seguimos como presa y carne de cañón de los mal llamados políticos, que no llegan más que a caricaturas maltrecha, y sus facciones, los que se rasgan las vestiduras no por los intereses sociales sino en estricto sentido por los particulares y los de su grupos facciosos.

La ambición desmedida por hacerse del poder les ha segado a unos y otros; los mexicanos seguimos entrampados entre los  liberales y conservadores de siempre, sin importarle en lo más mínimo la sociedad que deposita en ellos la autoridad administrar el patrimonio común y generar las leyes que, en teoría, se traducirían en progreso y calidad de vida.

El mexicano común continúa sumido en las más extremas de las pobrezas, sin porvenir alguno del cual presumir.

Basta con observar a ojos vistas nuestra realidad presente, cuando que quienes están en el poder como administración ejecutiva son bloqueados por sus cogobernantes legislativos, en particular  los opositores quienes a su vez se esfuerzan por hacerse de ese espacio, en vez de empujar todos hacia una causa colectiva de bienestar.

Si de ponerle nombre al niño se trata, hay que señalar la perversidad del PRI, que durante 71 años impuso un régimen totalitario y autoritario, con un absoluto control del pensar y actuar de los mexicanos.

Si bien el priato desarrolló las instituciones e hizo acciones sociales y de infraestructura estas no correspondieron con el potencial y bastos recursos con que el país aún cuenta.

Ello no fue gratuito en consideración al botín económico y político que les significó una dictadura perfecta, concepto acuñado por el escritor peruano Mario Vargas Llosa. La corrupción cabalgó inexorable.

El longevo PRI, enquistado desde el Legislativo con una mayoría simple, se erige en un dique a las reformas estructurales que demanda la realidad para hacer de este país; reformas a la Constitución y leyes secundarias que en su momento no se atrevió a realizar ante el temor del costo político que le representaría perder la privilegiada posición que entraña ocupar la Presidencia de la República.

Aun más claro, esta organización política pretende con acciones coyunturales y mediáticas, como la reducción del Impuesto al Valor Agregado, para granjearse la simpatía de los mexicanos de cara a la elección presidencial del 2012.

Sin embargo, el caso mexicano no es más que un fiel reflejo de cuanto sucede en todo país con sistema presidencialista o parlamentario, todos ambicionan el poder por el poder. Latinoamérica no es la excepción.

Sería acaso mucho pedir que, como celebración de de Bicentenario, que no regalo, nuestros cogobernantes dejaran de lado sus diferencias ideológicas así como de colores, y en adelante unificaran esfuerzos para hacer de este México un auténtico país que goce de libertad auténtica.

 

 

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